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Sonora es un cementerio donde las Madres buscan a sus corazones

por Julia Astrid Enriquez

Texto y fotos por Julia Astrid Enriquez  

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El boteo de las Madres Buscadoras se ve interrumpido por una llamada anónima que entrega datos de un cuerpo que se encuentra en un predio conocido como Las Cuevitas, al norponiente de Hermosillo, capital del estado de Sonora. “¿Quieres ir?”, me pregunta Cecy, la vocera del grupo. Hace apenas unos minutos que llegué a presentarme con ellas y comencé a hacerles unos retratos. Me voy siguiéndolas por el bulevar progreso, cruzamos el Solidaridad hasta el Quiroga. No hay mucho tráfico porque el flujo de carros ha disminuido durante esta pandemia, no es una tarde habitual en muchos sentidos.

Sigo a las mujeres por el bulevar Gaspar Luken, vamos a una velocidad moderada y mientras tanto pienso que este es su día a día. Recibir una llamada y salir corriendo, quiénes estén disponibles, a buscar un cuerpo de un desconocido pero esperando que sea ese familiar del que no saben su paradero desde hace más de un año, o hace un mes o varios años atrás.

Nos detenemos al ver tres patrullas de la policía municipal, ellos nos escoltarán hacía al norte por un camino de terracería. El pavimento va quedando cada vez más atrás, ahora es la permanente, curva y una inmensa soledad. Soy la última en esta caravana de siete autos. Empiezo a imaginar estos caminos de noche, en completa oscuridad. A lo lejos veo decenas de zopilotes revoloteando y un humo negro. 

Llegamos a un lugar que ya tenían identificado. La llamada anónima habló de una fosa y nos dirigimos hacía allá caminando en medio del monte. Sigo de nueva cuenta a las mujeres que ahora van armadas con palas, picos y una varilla que ellas llaman “vidente” y que es clave para encontrar cuerpos. Una de las buscadoras comienza a mover la tierra con la pala y se revelan restos de ropa junto a lo que parecen ser varillas y objetos que no alcanzo a distinguir. En ese punto mi corazón comienza a latir muy rápido, sigo tomando fotos. Me llaman la atención los policías que nos acompañan. El propósito de que estén ahí es el de cuidar a las buscadoras, ellas ya han tenido problemas de seguridad anteriormente según me cuentan. En todo caso se limitan a ser simples espectadores y a tomar fotografías a la fosa.

Cecy es la líder de este colectivo que inició cuando uno de sus hijos desapareció. Es firme al hablar y accesible. Su teléfono está sonando todo el tiempo, responde mensajes y llamadas, es muy activa en redes sociales donde casi a diario comparte las búsquedas en transmisiones en vivo. Cuenta que su grupo recorre todo el estado buscando más fosas a pesar de la inseguridad que se vive. Sin embargo en Puerto Peñasco los narcos las corrieron con amenazas “me dio mucho miedo”, recuerda. En medio de la nada las buscadoras amplían la búsqueda, ya que “como encontramos una fosa, de seguro hay más entierros aquí”. Desde mayo de 2019 han encontrado a más de 200 personas desaparecidas.

Esa misma tarde descubren tres entierros en este predio. Encuentran huesos, les toman fotografías que suben a sus redes sociales. Una persona identifica las ropas por las fotos que les tomaron a la primera fosa que encontraron esa tarde. “Es una señora de Sinaloa que ya viene en camino a Hermosillo”, asegura Cecy.

Sigo con mi cámara a una de las buscadoras y nos alejamos del grupo, los zopilotes siguen revoloteando sobre nosotras. Ellas se adentran más entre los matorrales metiendo la varilla en la tierra árida con la esperanza de encontrar más restos, con la esperanza de encontrar paz.  

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